Tuvo una buena racha. Los negocios marchaban viento en popa. Compró un terreno rústico en el que pastaban bucólicas vacas y mediante una hábil operación de marketing político logró que le recalificaran los terrenos. En ese lugar construyó varios cientos de chalets adosados. El dinero acudía a su cuenta corriente como atraido por un imán de billetes de curso legal. Él, achacaba la fortuna a las buenas relaciones que mantenía con Dios. Dios era de los suyos y le obsequiaba, porque le daba la gana, con una incensante lluvia de dinero. Sin embargo, a veces no las tenía todas consigo. Le mosqueba tanta deferencia divina y pensaba que podía terminar la buena racha. Había ganado tanto en tan poco tiempo, que decidió hacer una obra de caridad para sobornar a ese Dios que tanto le favorecía.
Dispuesto a congraciarse con Dios, entregó un billete de quinientos euros a una anciana que pedía limosna en la puerta de la parroquia. Antes de alejarse de la mujer pudo observar una expresión inequívoca de felicidad en el rostro de la anciana que acababa de saber cual era el valor en pesetas de aquel billete desconocido para ella. La conciencia del afortunado constructor se relajó de inmediato.
La mendiga no tardó demasiado en intentar transforar en bienes tangibles el valor nóminal del billete. La primera decepción le sobrevino en la tienda de comestibles. Pepi, la tendera, no aceptó el billete de quinientos euros para pagar un tetrabrik de vino tinto que no valía mucho más de cuarenta duros. Igual le ocurrió en el estanco y en la carnicería, dónde intentó sin éxito pagar media docena de chorizos frescos con el billete europeo. intentó cambiarlo en un banco, pero tuvo que salir por piés al requerirle el cajero el carnet de identidad para realizar la operación. La alegría por la generosa limosna se trocó en desilusión. El billete de quinientos euros en poder de una pobre mendiga tenía el mismo valor que el folleto publicitario de un restaurante chino o la página atrasada del periódico local. Convencida de que los billetes de quinientos euros no tienen ninguna aplicación práctica, tomó la decisión de devolverlo a su antiguo propietario. Al depositar el billete de quinientos euros sobre la mesa del despacho del especulador generoso, un gesto de alivio iluminó el rostro de la anciana.
El especulador, por su parte, se reafirmó en su teoría particular sobre los beneficios de tener a Dios de tu parte. Hasta las limosnas salen gratis... si a Dios le da la gana.
Un buen día las neuronas se le declararon en huelga de celo. El primer síntoma consistió en confundir el código pin del teléfono móvil con la clave de acceso restringido a los canales porno de la televisión de pago. No hubo manera de conectar a la red el telefóno móvil y nunca mas pudo cargar las pilas del erotismo con las películas equis de la televisión.
Mas tarde surgieron otras disfunciones en su cerebro. Confundía el número del carnet de identidad con la clave de apertura de la caja fuerte; al intentar recordar el número secreto de la tarjeta de crédito la venía a la memoria el número de teléfono de una novia que tuvo en Sabadell a mediados de los años ochenta. El número de afiliación a la seguridad social era para las neuronas de aquel cerebro la clave de acceso a internet; la matrícula del coche se transformaba en la cabeza del enfermo en el número de socio del videoclub... y así sucesivamente hasta que el interior de la cabeza se convirtíó en una maraña indescifrable de números, letras, códigos y claves confundidos.
La enfermedad siguió su curso inexorable. La fecha de nacimiento se trocó en la del sescubrimiento de América, sus hijos eran para él, los hijos del panadero y el domicilio, que él consideraba como propio, era en realidad la sede de comisiones obreras del municipio.
Un buen día confundió a una señorita colombiana que trabajaba en un club de alterne, con su legitima esposa. El disgusto de la familia fue indescriptible. Él, sin embargo, siguió viviendo felizon la señorita colombiana, bajo un nombre supuesto, en un apartamento de la costa. Algunas veces le preguntaban su nombre y respondía sonriendo que se llamaba "Gravillas y Virutas Sociedad Limitada", que era el nombre de la empresa en que trabajó cuando aún tenía las neuronas ordenadas. Es consciente de que ha perdido su identidad pero tambíen sabe que ha ganado una compañera colombiana que trabajaba en un bar de alterne. Está convencido de ha salido ganando con el cambio
Buenos dìas señores y señoras, doctores y doctoras. Quiero explicarles el mal que me aqueja desde hace un tiempo e intentar que vosotros/vosotras, eminentes/eminentas, psicólogos/psicólogas, enfermeros/enfermeras del alma (¿alma/almo,... bueno no sé), descubran un remedio para mi enfermedad.
Yo era un señor/señora normal, militante/militanta de un partido/partida progresista/progresisto, como otros muchos compañeros/compañeras que tienen un compromiso con los ciudadanos/ciudadanas de España. Más concretamente con los ciudadanos/ciudadanas andaluces/andaluzas, y más concretamente aún, con los ciudadanos/ciudadanas cordobeses/cordobesas, puesto que formo parte junto con otros militantes/militantas del comité provincial de mi partido/partida en Córdoba, que está formado por hombres y mujeres progresistas/progresistos. Pues bien; desde que llegó una circular de mi partido/partida indicando que era obligatorio hablar a los ciudadanos/ciudadanas sin discriminación de género/génera, sufro esta extraña enfermedad del lenguaje que me obliga a pronunciar muchas/muchos palabras/palabros por duplicado/duplicada.
A vosotros doctores/doctoras os parecerá una solemne/solemna tontería, pero os aseguro que no lo es. Imaginaos doctores/doctoras que por ejemplo saludo a un amigo/amiga con un cariñoso/cariñosa: ¡Hola Pepe!. Pues bien, yo no me contengo/contenga y siempre digo "¡hola Pepe y Pepa!". No puedo curarme solo de esta estùpida/estúpido enfermedad de la discriminación de género/génera. Confío en que podáis ayudarme enfermeros/enfermeras del alma/almo y ya nunca jamás vuelva a decir "feminario" por "seminario".